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domingo, 3 de junio de 2018

Casa Ugalde (1951)










Lámpara Coderch. Diseño de las patas: Fernando Amat.





Casa Ugalde (1951). Arquitecto: José Antonio Coderch (1913-1984).
Fotografías: Elvira Coderch.

lunes, 13 de febrero de 2012

Edificios Trade (II)


Edificios Trade (1965-68), de José Antonio Coderch. Fotografía: Elvira Coderch. Ver más fotos aquí.

En este enlace está la web dedicada a la obra de J.A. Coderch de Sentmenat.

miércoles, 25 de agosto de 2010

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Como los animales

Mi padre con Rif, nuestro fox terrier (1966-67)
Fotografía: Elvira Coderch

"Las personas son como los animales: también necesitan ser acariciadas." (D.H. Lawrence)

domingo, 5 de julio de 2009

La conciencia

Lino azul (Linum narbonense). Foto: Elvira Coderch.

-Me interesa más mi conciencia que la opinión de los demás. Cicerón

-Lo único que un hombre puede traicionar es su conciencia. Joseph Conrad

-Llega un momento en el que uno debe tomar una posición que no es segura, ni política, ni popular, pero uno debe hacerlo porque su conciencia le dice que es lo correcto. Martin Luther King

-Si prestamos atención, todos tenemos una guía interna que es mucho mejor de lo que pueda ser cualquier otra persona. Jane Austen

-Cada uno de nosotros debe aprender si nuestra conciencia tiende a ser demasiado estricta o demasiado blanda... La gente sensible a menudo pasa por durísimas pruebas debido a los escrúpulos, pero una firme autoridad externa debería poner en claro que los escrúpulos son finalmente narcisistas – simplemente otra forma de egocentrismo... Jamás podremos ser justos, santos, plenamente perfectos. John Carmody

-¿Quieres saber si tal o cual acción es buena o condenable? Pregúntate qué ocurriría si todos se comportaran como tú. André Comte-Sponville

-Si ya sabes lo que tienes que hacer y no lo haces entonces estás peor que antes. Confucio

-Siempre es el momento adecuado para hacer lo correcto. Martin Luther King

-Se me puede pedir lealtad a valores, ¡pero jamás fidelidad a reglas o jerarquías! Pere Portabella

-Nunca hagas nada contra tu conciencia aunque el estado te lo exija. Albert Einstein

-Igual eso es el mal, acostumbrarse a lo moralmente indecente.
-Tiene razón, uno debe guardarse de acostumbrarse a la inmoralidad cotidiana.
Ivan Klíma, entrevistado por Ima Sanchís.

-Sé un hombre honesto y habrá en el mundo un pícaro menos. Thomas Carlyle

-Quienes opinan que el dinero todo lo puede sin duda están dispuestos a todo por dinero. E. Pierre Beauchêne

-Más vale la pena en el rostro que la mancha en el corazón. Miguel de Cervantes

-Hay mucha gente que hace lo que cree que debe hacer y no lo que le conviene. La conciencia es un músculo que se usa poco, pero existe. Eduardo Galeano

-¿Cuál sería mi mayor desgracia?
-Perder la conciencia. Se puede perder con mucha facilidad.
José Antonio Coderch, entrevistado por Lluís Permanyer

-La humanidad tiene una moral doble: una que predica y no practica, y otra que practica y no predica. Bertrand Russell

-En cuanto dejo de ser moral, pierdo todo poder. Johann W. Goethe

-Cuando la estafa es enorme ya toma un nombre decente. Ramón Pérez de Ayala

-Honradez: Dar la palabra sin esperar recibir nada a cambio. Rafael Argullol

-Honor: La delgada línea que separa la vergüenza de la dignidad, y la cobardía del coraje. Rafael Argullol

-El honor prohíbe acciones que la ley tolera. Séneca

-Muchos se vanaglorian de lo que deberían avergonzarse. Esopo

-La nobleza es la preferencia del honor al interés; la bajeza, la preferencia del interés al honor. Marqués de Vauvenargues

-¿Qué queda cuando se ha perdido el honor? Publio Siro

-Si no quieres que nadie se entere, no lo hagas. Proverbio chino

-La integridad es hacer lo correcto aunque nadie lo vea. Jim Stovall

domingo, 28 de junio de 2009

La casa más hermosa del mundo

La casa más hermosa del mundo

José Antonio Coderch de Sentmenat, uno de los grandes arquitectos del siglo XX, se parecía, de alguna forma, a Gaudí

Empecemos con un aviso: los arquitectos me parecen gente peligrosa, porque sus creaciones más horrendas no pueden esconderse en un cajón o un almacén. Estamos obligados a verlas o, en el peor de los casos, a vivir dentro de ellas. Quizá debería relativizar lo anterior, dado que en ciertos casos conviene vivir en el edificio más feo del barrio. Se vivirá mal, cierto, pero no habrá que ver el bodrio cada vez que miremos por la ventana.

Existen, por supuesto, arquitectos responsables, preocupados por la gente que habitará sus obras y por la gente que las contemplará cada día. Entre esos arquitectos, algunos son brillantes. Y de vez en cuando aparece un arquitecto único, especial, capaz de crear maravillas con ladrillo.

Quería hablar de la casa más hermosa del mundo. Habrá quien discrepe y afirme que no, que es mejor una de Frank Lloyd Wright, o de Alvar Aalto, o de Oscar Niemeyer, o de cualquier otro. Me parece bien.

La casa más hermosa del mundo fue construida en 1951 en una ladera, sobre la bahía de Caldes d'Estrac, en el Maresme barcelonés. Es una casita unifamiliar, pequeña, de muros blancos. La hizo uno de los grandes arquitectos del siglo XX, José Antonio Coderch de Sentmenat (1913-1984). Fue un arquitecto indudablemente espléndido. En Cataluña es fácil identificar a las personalidades indudablemente espléndidas. Basta con elegir una obra de mérito y comprobar si su autor ha sido homenajeado con una calle que lleva su nombre, o con un gran reconocimiento público, o con algo más o menos importante. Si no es el caso, si el personaje en cuestión ha sido relegado al desván de los antepasados incómodos, tenemos garantías. Con Coderch no caben dudas.

José Antonio Coderch hizo la casa de Caldes por encargo de un gran amigo suyo, el ingeniero Eustaquio Ugalde. La situó junto a un pino de dos troncos (que ahora tiene sólo uno) y la construyó desde dentro, mirando y fotografiando, hasta conseguir un edificio capaz de procurar goce al ojo humano desde cualquier punto de vista, exterior o interior. Los planos originales fueron modificándose hasta convertirse en inútiles. Es una casa en la que tiene sentido cada centímetro cúbico de materia o de aire: el edificio, que suele calificarse de "orgánico", parece haber crecido de forma natural sobre los terraplenes de la ladera. Tuve la oportunidad de visitar la Casa Ugalde hará unos 10 años (es propiedad privada); fue un gran privilegio.

Coderch debió de ser un hombre peculiar. Se parecía, de alguna forma, a Antonio Gaudí. Su texto más conocido, una declaración de principios formulada en 1960 bajo el título No son genios lo que necesitamos ahora, decía: "¿No es curioso también que tengamos aquí, muy cerca, a Gaudí (yo mismo conozco a personas que han trabajado con él) y se hable tanto de su obra, y tan poco de su posición moral y de su dedicación?". A Coderch le interesaban cosas como la moral. Y proclamaba su vocación aristocrática. En el texto ya citado describía la sociedad como una pirámide. Otro párrafo: "Solían decirme mis padres que un caballero, un aristócrata, es la persona que no hace ciertas cosas, aun cuando la ley, la Iglesia y la mayoría las aprueben o las permitan".

Qué valor, proclamar estas ideas en la Barcelona de 1960.

Fue un arquitecto que rehuyó las teorías y las clasificaciones. Se movió entre el racionalismo y el humanismo, aprendió de Aalto, utilizó los elementos arquitectónicos tradicionales (no folclóricos) de cada lugar y defendió "la acción propia y la enseñanza" (en su oficina se formaron profesionales como Correa y Milà) frente al doctrinarismo. No le gustaba difundir sus ideas: temía lo que pudieran hacer sus colegas a partir de ellas.

Evidentemente, Coderch no se dedicó tan sólo a inventar deliciosas casas particulares. Diseñó también los rascacielos más bajitos de España (las Torres Trade, en Barcelona, cuya ondulación acristalada sigue fascinando hoy), bloques de viviendas como los de la Barceloneta o la calle de Juan Sebastian Bach, y centros culturales y académicos como el Instituto Francés o la Escuela de Arquitectura, ambos en Barcelona.

Recomiendo el libro en el que Enric Soria recogió sus conversaciones con Coderch. Sugiero al lector que eche un vistazo en Internet (sigue siendo gratis) a las muchas creaciones de Coderch. Imploro a las nuevas generaciones de arquitectos que estudien la obra de Coderch e investiguen con el máximo interés su "posición moral y su dedicación".

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Nota de Elvira Coderch: En este enlace está la web dedicada a la obra de J.A. Coderch de Sentmenat.

lunes, 6 de abril de 2009

Glenn Murcutt

Glenn Murcutt. Fotografía: Anthony Browell

ENTREVISTA: ARQUITECTURA Glenn Murcutt
"La arquitectura debe ser una respuesta. No una imposición"
Anatxu Zabalbeascoa. El País, 18 de Junio, 2005

Ganó el Premio Pritzker este año con un puñado de casas sembradas en el paisaje de Australia. Él es su estudio y sólo acepta encargos para dentro de cinco años. Sin embargo, el arquitecto australiano más famoso de todos los tiempos no es ni un excéntrico ni un ermitaño. Es un hombre de mundo. Reparte lecciones magistrales en las aulas de las mejores universidades del planeta.

Uno esperaría poco más que un anacoreta. Un tipo sensible e introvertido centrado en sus casas longitudinales y casi anclado en la tierra árida de Australia. Pero en el hall del hotel aparece un hombre risueño, contagiosamente alegre y simpático. Tan vehemente en sus afirmaciones que esa pasión eleva el tono de su voz y su rostro cuando responde. Su discurso es didáctico. Delata que está acostumbrado a hablar a estudiantes y revela que, cuando no está en su granja de canguros o entretenido construyendo una casa, Glenn Murcutt (Londres, 1936) está curioseando o dando conferencias por el mundo.

"Mis casas son una manera de pensar. No necesito hacer grandes edificios para sentir que soy importante"

PREGUNTA. ¿Por qué ha elegido no crecer, formar un estudio de una sola persona?
RESPUESTA. Porque me gusta lo pequeño. Porque valoro la independencia y, sobre todo, porque he podido permitírmelo.
P. ¿Por qué sigue haciendo viviendas? Habitualmente los arquitectos al ser reconocidos abandonan una tipología tan problemática y tan poco rentable.
R. Mis casas son una manera de pensar. Yo debo de ser uno de los pocos arquitectos con amor a la humanidad. Es cierto, la arquitectura doméstica exige un esfuerzo enorme y paga mal, pero determina nuestra vida. No necesito hacer grandes edificios para sentir que soy importante. No creo que lo mayor sea lo mejor. Mi padre me dio un consejo: "No tengas prisa por llegar al éxito. Y si llegas, ten mucho cuidado". Podría haber hecho un hotel de 75 habitaciones hace treinta años.
P. ¿Por qué no lo hizo?R. Porque no estaba preparado. No me gustaría tener que hacer algo para lo que no me siento preparado. El arquitecto español José Antonio Coderch fue fundamental en mi vida profesional. Me liberó de mis propias ataduras. Como arquitecto, yo me creía algo tonto porque no acertaba a diseñar con rapidez. Todos los proyectistas que conocía diseñaban más rápido que yo. Tomaban las decisiones con gran eficacia. Y yo no lo conseguía. Los nuevos proyectos me ponían nervioso. Me causaban ansiedad. Visitaba el terreno durante el día. Durante la noche. En días soleados para ver los ángulos de incidencia del sol y cuando soplaba el viento. Olía la tierra, comprobaba su nivel de agua, la geología. Yo siento mucho respeto hacia la tierra y antes de ir a meter mi mano tengo que auscultarla. Una casa en el paisaje debe mejorarlo y si no lo mejora debe, al menos, asimilarse a él, debe verse lo menos posible. En 1973 gané un premio que me permitió viajar durante cuatro meses. Llegué a Barcelona. Yo era un joven sin obra. Sólo tenía dudas y miedos. Y Coderch me dedicó un día y medio. Era casi un anciano y me dijo que cada proyecto nuevo le quitaba el sueño. Eso me liberó. Al regresar a Australia comencé a discutir con el arquitecto que me tenía empleado. Decidí independizarme. Se me juntó todo: recesión, falta de trabajo y dos niños. Resultó ser un momento óptimo. Aprendí a vivir con frugalidad. Y luego he pasado a creer que la mejor arquitectura nace de la frugalidad.
P. ¿Podría trabajar en algún lugar que conociera menos que Australia? ¿Sus casas necesitan el paisaje australiano?
R. Todos podemos trabajar en muchos sitios. La cuestión es si queremos o no hacerlo. Me he dado cuenta de que la mayoría de los que llamamos arquitectos internacionales no toman en cuenta lo local. Para hacer un edificio, uno necesita conocer dos cosas, el terreno y la cultura del terreno. El terreno puede llegar a conocerse. La cultura es más difícil, cuesta años. ¿Cómo se puede construir una casa en España sin hablar español? El idioma y la cultura crean estilos. Las culturas distintas producen cosas distintas. Yo no creo que un edificio apropiado para Nueva York lo sea también para una ciudad española. Tampoco me interesan las diferencias por ser diferentes. Me importa muy poco amanecer los lunes con nuevas ideas. Si las diferencias nacen del conocimiento y el entendimiento de un lugar, de una tecnología, perfecto. Lo demás no me interesa. Claro que podría construir fuera de mi país. Si la arquitectura resultase apropiada o no es otra cuestión.
P. ¿Es más fácil defender la sostenibilidad en un país como Australia, con áreas todavía vírgenes?R. Probablemente. En muchos aspectos, somos los líderes mundiales en la construcción sostenible. Somos conscientes de la importancia de la flora porque no nos queda más remedio: somos un gran país con poco agua. Sabemos que en sus primeros veinte años de vida, un árbol recoge CO2 y suelta oxígeno. Cuando el árbol tiene treinta años, su nivel de ingesta de CO2 y de desprendimiento de oxígeno se compensa. ¿Qué quiere decir eso? Que los bosques deben regenerarse todo el tiempo. No sólo cuando sustituimos la madera que hemos cortado. En Australia hemos aprendido esa obligación de una manera muy dura: donde no hay bosque no hay lluvia. Los científicos han descubierto que en una de cada quinientas gotas de agua hay una molécula que llega de los bosques, de la transpiración de los árboles. Los bosques producen lluvia y la necesitamos. El agua terminará por convertirse en uno de los lujos del planeta y somos conscientes de que, si queremos vivir, necesitamos agua.
P. A quién representan sus casas ¿a Australia?, ¿a usted?, ¿a sus clientes?
R. A todo eso. Y a la tecnología y los materiales disponibles en un tiempo y un lugar. La arquitectura debe ser una respuesta. No una imposición. La mayoría de los arquitectos que construyen edificios extraños asegura que lo hace porque ahora la tecnología lo hace posible. Eso me parece absurdo. Poder hacer una cosa no legitima hacerla. En miles de años las necesidades básicas de la humanidad no han variado. Necesitamos soluciones para los problemas reales, no inventar problemas para poder epatar con nuevas soluciones.
P. ¿Qué buscan quienes están dispuestos a esperar hasta cinco años a que les haga una casa? ¿Y qué le decide a usted a aceptar los encargos?R. Acepto muy pocos encargos porque el tiempo no me da para más. Una persona que acepta esperar entre tres y cinco años para empezar a hablar de una casa es, ya de entrada, un buen cliente. Si están de acuerdo, los entrevisto. Yo a ellos, no ellos a mí. De mis clientes me interesa todo: lo que piensan, lo que leen, lo que comen, si les gusta o no el arte y qué tipo de arte.
P. ¿Cómo pueden datos tan personales afectar a una vivienda?R. Una casa es como un traje. Los mejores son a medida.
P. ¿Qué ocurre si cambian de vida, de familia, de prioridades?
R. El cambio está previsto. Ellos llaman a mi puerta porque les gusta cómo hago yo las casas. Y mis casas quieren ser como el paisaje: están vivas.
P. Habla de una lección aprendida en la infancia: la necesidad de hacerse amigo del paisaje. ¿Cómo puede uno hacerse amigo del paisaje?
R. Un arquitecto noruego escribió que hasta que no se es capaz de disfrutar del crujido de la nieve bajo una pisada no se llega a comprender el paisaje de su país. En mí país, si no has oído ni olido el cambio del día de verano a la noche estival no conoces la tierra. Y conocer es querer.
P. Su enfoque arquitectónico es biográfico y biológico a la vez. ¿La vida, la experiencia han alterado su escala de valores profesional?R. Lo que yo valoro en la arquitectura lo aprendí de mi padre. Un principio es un principio y los principios no son flexibles ni se hacen preguntas, son reglas fijas. Sin embargo, debes admitir el cambio si quieres encontrar mejores respuestas. Nunca pensé en la arquitectura como un objetivo a perseguir sino como algo a descubrir. No tengo la sensación de crear cosas, pero sí de descubrir maneras de hacer. Para mí el mundo es un territorio por descubrir y lo que determina la obra del arquitecto es la manera en que trata de descubrirlo. A los estudiantes les doy siempre dos consejos: que sean pacientes porque la arquitectura necesita tiempo, y que observen. Quien observa termina por ver.

Nota de Elvira Coderch: En el año 1973 José Antonio Coderch tenía 59-60 años.
El estudio del arquitecto Glenn Murcutt y Wendy Lewin
Fotografía: Anthony Browell

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En este enlace está la web dedicada a la obra de J.A. Coderch de Sentmenat.

sábado, 4 de octubre de 2008

Rafael Santos Torroella, amigo

Rafael Santos Torroella y Ramón Gaya (1973)
Fotografía: José Antonio Coderch

Rafael Santos Torroella (derecha) y J.A. Coderch (1970)

Además de buen poeta, Rafael Santos Torroella era crítico de arte (el mejor experto en Dalí), profesor de Historia del Arte, dibujante y pintor. Tenía un gran entusiasmo, vitalidad y capacidad de hacer mil cosas.

Era amigo de muchísimos escritores y artistas. Un día me regaló un libro de poemas de Neruda (Estravagario) dedicado por su autor: "Para Elvira con una flor, Pablo Neruda, 1971", y una flor dibujada con rotulador verde.

En la primera foto le vemos con el pintor Ramón Gaya, y en la segunda con mi padre. Como dice su mujer, Maite Bermejo, "Rafael y José Antonio eran como hermanos". Es cierto, yo no he visto amigos que se quisieran tanto como ellos... Disfrutaban igual charlando o compartiendo silencios: unas veces Rafael pintaba y mi padre leía o hacía solitarios; otras veces era Rafael quien leía y mi padre escuchaba música. Me gusta recordarlo, es como si los tuviera más cerca. Por suerte, sigo teniendo a Maite, que lo recuerda todo, todo, todo. ¡Ojalá llegue a sus años con la cabeza tan clara como ella! Algunas personas pierden la memoria pero no el cariño, otros al cumplir años se vuelven egoístas, pero Maite no: sigue siendo tan inteligente y buena amiga como siempre.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Retrato de un fotógrafo


La afición a la fotografía me viene de mi padre. En el libro Coderch, fotógrafo aparece el siguiente artículo que escribí a petición de su autor, el arquitecto y amigo Carles Fochs:

RETRATO DE UN FOTÓGRAFO

Me gusta recordar a mi padre en su faceta de fotógrafo. No sólo por lo que supo enseñarme, el amor a la fotografía que me transmitió, sino por lo que él mismo disfrutaba con ese hobby.

No voy a decir que su faceta perfeccionista no apareciera aportando algo de tensión a las sesiones fotográficas (fuera al realizar las fotografías o en el laboratorio pequeño que tenía en casa), pero la imagen que predomina en mi memoria es la de un gran disfrute. Daba gozo verle traer, muy ufano, ocho o diez copias de las últimas fotografías que había hecho y regalárselas a todo el que las quisiera. Parecía un niño con zapatos nuevos.

Era, básicamente, un fotógrafo de interiores, de personas: retratos en primer plano o grupos, ambientes. Ya sé que varias de sus mejores fotos son de espectáculos: los toros, especialmente, y algunas de circo o de hípica. Pero no era del tipo reportero, que se mueve buscando la ocasión, la imagen insólita, original o sorprendente. Le gustaba instalarse, estudiar bien el fondo, la luz, calcular con precisión el ángulo de reflexión del flash indirecto, etcétera. Recuerdo que ponía una tela oscura o beige sobre un cuadro que teníamos en la sala, para poder hacer retratos con fondo liso, sin distracciones.

Cuando hacíamos sesiones en la terraza encalada (muy al estilo andaluz de mi madre), prefería la luz del porche, más tamizada, o, si estaba nublado, el exterior. No le gustaban las muecas que poníamos cuando hacía sol, ni la sombra tan dura que éste proyectaba en los rasgos de la cara.

En ocasiones, era un toma y daca: “ahora me haces tú, ahora te hago yo”. Era divertido. Algunas de mis mejores fotos de él las hice así, aunque el mérito era en gran parte suyo, pues él preparaba las condiciones ideales: elegía el carrete, el lugar, me aconsejaba sobre el diafragma y la velocidad... y luego yo ¡disparaba! Además, él hacía el trabajo posterior de laboratorio, y eso puede mejorar o empeorar la calidad de la fotografía en un tanto por ciento muy considerable.

En su profesión de arquitecto, pocas veces le vi realmente satisfecho y feliz. Siempre había un pudor, una sensación de que “si hubiera hecho esto más alto, o más bajo, si no hubiera hecho aquello, si las ordenanzas me hubieran permitido no sé qué... el edificio habría quedado mejor”. Amaba profundamente la arquitectura, pero con dolor: era como un parto para él. Y, naturalmente, estaba la presión lógica –que la mayoría conocemos– por ganarse la vida y sacar a la familia adelante sin sobresaltos (cuatro hijos y una profesión liberal, no siempre es fácil).

Algo que puede resultar curioso: no era fotógrafo de arquitectura. Evidentemente, hay algunas buenas fotos de edificios, pero no era lo suyo (supongo que prefería cambiar de tema; para eso son los hobbies, ¿no?). Creo que cuando acompañaba a Català-Roca a fotografiar algunos de sus edificios, a veces le sugería puntos de mira, ángulos desde los cuales la casa se veía especialmente interesante o bella.

La precisión y exactitud que le caracterizaban en todo daban a sus explicaciones un detalle excesivo: recuerdo como si fuera hoy cuando me enseñó a cambiar los objetivos de la Nikon. Yo no asimilaba bien la profusión de datos, hasta que decidió dictármelo (todavía conservo el papelito junto con la Nikon): “Quitar objetivo: Poner diafragma a 16 ó 22. Apretar botón cerrojo. Girar atornillando e inclinar ligeramente el objetivo hacia mi izquierda y arriba. Apretar el “piu” con el dedo hasta que se oiga un “clack”. Nunca forzar.” Dejo las instrucciones de cómo poner el objetivo para otra ocasión.

Aprendió de muchas personas. Mantenía largas conversaciones con los vendedores de tiendas de fotografía, por ejemplo con su amigo J. Vives Brunet, de la calle Muntaner, que revelaba sus fotos antes de que él montase su propio laboratorio. Y, por supuesto, quiero mencionar a Luis Gardeta, con quien hizo el trabajo de laboratorio de las fotos de toros y muchas más. El Sr. Gardeta (así lo llamábamos nosotros) no sólo sabía mucho de fotografía, sino que además era un hombre muy culto y muy leído. Yo también tuve el gusto de conversar con él de temas variados y aprender de su técnica depurada.

Otro aspecto que me gustaría destacar sobre mi padre es que, aunque no era un hombre al que le gustase la vida de sociedad (le ponía bastante nervioso), le encantaba ver a sus amigos en ambientes íntimos, y eso sale reflejado en sus fotografías. Digamos que esta afición aumentaba el placer y el recuerdo de las veladas –y le permitía compartirlo después–.

La mejor lección que aprendí de mi padre con las fotos no fue de carácter técnico, sino lúdico: que es hermoso disfrutar haciendo algo que realmente te gusta (“... pero hazlo bien, ¿eh?” me diría él si me oyera, agitando el dedo índice con énfasis).

Elvira Coderch

José Antonio Coderch (Octubre-1971)
Fotografía: Elvira Coderch

Este retrato forma parte de una serie de fotografías realizadas en el patio de nuestra casa. Es un recorte de la original, que aparece entera en el libro mencionado. En el mismo carrete él me hizo unas fotos preciosas.

Nota: En este enlace está la web dedicada a la obra de J.A. Coderch de Sentmenat.