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domingo, 8 de agosto de 2010

Lanzarote 1970


A la izquierda César Manrique, pintor, escultor y arquitecto, y a la derecha Emilio Machado, pintor y arquitecto.


A la izquierda César Manrique, Emilio Machado en el centro, y yo sentada en la piedra, en Los Jameos del Agua.

Aquí me pusieron un sombrero típico de Lanzarote.
Fotografías: José Antonio Coderch.

Creo que era el mes de Noviembre de 1970. Tenía 16 años y acompañé a mi padre en un viaje a Tenerife. Un día fuimos a Lanzarote con Emilio Machado, que era amigo de César Manrique, y éste nos enseñó su querida isla como el mejor cicerone. Una gozada. En la casa de César Manrique tanto las paredes como el suelo y el techo estaban pintados de blanco; pintura de autopista, nos dijo, que es la más resistente. En el suelo de la sala había un orificio por donde salían unas ramas de higuera, plantada en el fondo de una burbuja volcánica que el artista había convertido en pequeño habitáculo comunicado con otras burbujas-habitaciones mediante unos estrechos pasadizos. Por lo visto la lava al caer atrapó grandes burbujas de aire, y al abrirse a la superficie se solidificaron con esa forma esférica. En el fondo, en la tierra que se depositaba, plantaban higueras u otras plantas, bellísimo. Otra de esas burbujas-habitaciones daba al exterior, y te podías sentar de noche viendo las estrellas entre las ramas de la higuera, escuchando música a la vez.

"Es imposible imaginarse Lanzarote tal y como es hoy sin César Manrique. Era pintor, escultor, arquitecto, ecologista, conservador de monumentos, consejero de construcción, planeador de complejos urbanísticos, configurador de paisajes y jardines." (Fragmento de la biografía de César Manrique)


Esta entrada me la ha inspirado José Luis, que ha publicado en su blog muchas fotos de Lanzarote. Hay una fotografía de la isla Graciosa, cerca de Lanzarote, que es mi favorita.

lunes, 19 de enero de 2009

The Boxer

En memoria de mi hermano Gustavo, esta canción que le gustaba tanto:
The Boxer
Simon & Garfunkel

I am just a poor boy though my story’s seldom told
I have squandered my resistance for a pocketful of mumbles, such are promises
All lies and jest, still the man hears what he wants to hear
And disregards the rest, hmmmm

When I left my home and my family, I was no more than a boy
In the company of strangers
In the quiet of the railway station, runnin’ scared
Laying low, seeking out the poorer quarters, where the ragged people go
Looking for the places only they would know

Li la li...

Asking only workman’s wages, I come lookin’ for a job, but I get no offers
Just a come-on from the whores on 7th Avenue
I do declare, there were times when I was so lonesome
I took some comfort there

Li la li...

And I’m laying out my winter clothes, and wishing I was gone, goin’ home
Where the New York city winters aren’t bleedin’ me, leadin’ me goin' home

In the clearing stands a boxer, and a fighter by his trade
And he carries the reminders of every glove that laid him down or cut him
till he cried out in his anger and his shame
I am leaving, I am leaving, but the fighter still remains, hmmm...

Li la li...

sábado, 4 de octubre de 2008

Rafael Santos Torroella, amigo

Rafael Santos Torroella y Ramón Gaya (1973)
Fotografía: José Antonio Coderch

Rafael Santos Torroella (derecha) y J.A. Coderch (1970)

Además de buen poeta, Rafael Santos Torroella era crítico de arte (el mejor experto en Dalí), profesor de Historia del Arte, dibujante y pintor. Tenía un gran entusiasmo, vitalidad y capacidad de hacer mil cosas.

Era amigo de muchísimos escritores y artistas. Un día me regaló un libro de poemas de Neruda (Estravagario) dedicado por su autor: "Para Elvira con una flor, Pablo Neruda, 1971", y una flor dibujada con rotulador verde.

En la primera foto le vemos con el pintor Ramón Gaya, y en la segunda con mi padre. Como dice su mujer, Maite Bermejo, "Rafael y José Antonio eran como hermanos". Es cierto, yo no he visto amigos que se quisieran tanto como ellos... Disfrutaban igual charlando o compartiendo silencios: unas veces Rafael pintaba y mi padre leía o hacía solitarios; otras veces era Rafael quien leía y mi padre escuchaba música. Me gusta recordarlo, es como si los tuviera más cerca. Por suerte, sigo teniendo a Maite, que lo recuerda todo, todo, todo. ¡Ojalá llegue a sus años con la cabeza tan clara como ella! Algunas personas pierden la memoria pero no el cariño, otros al cumplir años se vuelven egoístas, pero Maite no: sigue siendo tan inteligente y buena amiga como siempre.

martes, 30 de septiembre de 2008

Ramón Gaya: textos

Ramón Gaya

Ramón Gaya (Huerto del Conde, Murcia, 10 de octubre de 1910 – Valencia, 15 de octubre de 2005). Pintor y escritor español.

“Goya es pasión, el Greco lujuria, Velázquez inocencia, la inocencia alcanzada, realizada.
Fray Angélico también es inocente, pero su inocencia no ha sido, como la de Velázquez, alcanzada. La del Beato es una inocencia a priori, una inocencia de querubín, una inocencia que no alimenta a nadie, que no sucede.
La inocencia de Velázquez, en cambio, es una inocencia de hombre.
Goya llega muchas veces, por el camino de la pasión, a la falsedad. “Los fusilamientos de la Moncloa” es un cuadro muy apasionado, pero falso. Es casi un cartelón; tiene de cartel ese terrible afán de convencernos.
“Los fusilamientos” es un cuadro que nos necesita, que nos necesita para convencernos, y un cuadro que nos necesita no puede ser una obra profunda, sino un espectáculo, un espectáculo indecoroso.
Una obra de Shakespeare, con toda su teatralidad, no es nunca un espectáculo porque no nos necesita. Todo lo que sucede entre los personajes, aunque nosotros no estuviésemos aquí, sucedería igualmente. Se trata, pues, de una obra fatal, sin público, es decir, grande.
El Greco es todo él lujuria. ¿Cómo han podido confundirle con un místico? [...]

La sensualidad, la lujuria e incluso la pornografía pueden ser tratadas, pero no ejercidas, en una obra de arte.
Ese fue el pecado del Greco: contemplar el misticismo desde una lujuria.
Velázquez sí que fue un místico de verdad, profundo, seguro, fuerte; nada de lo que contemplan sus ojos –una gasa, una nuca, una pantorrilla, una cabellera– consiguen conquistarlo, perderlo.
A goya lo vemos hundirse en la pasión, al Greco en la sensualidad, a Velázquez en la fe.”

“Velázquez no es nunca héroe ni genio; Velázquez es simplemente la grandeza...
Siempre se creyó que Velázquez era algo así como una lente muy perfecta. Los seres terrenales, claro, no vieron en él la más mínima pasión –y la pasión es lo más alto que alcanzan esas miradas–, ni siquiera encontraron en él genio, es decir, delirio. Era, pues, un artista frío, neutral, sin pimienta, sin exaltación, sin locura, sin nada. No comprendieron que Velázquez no tenía nada de eso que ellos tanto conocen y estiman –y que son, efectivamente, los materiales que componen una gran personalidad–, porque su grandeza ya lo había quemado todo.
La grandeza quema la personalidad.”

Dos fragmentos de El Silencio del Arte, 1951. Obra Completa, Vol. 1. Valencia: Ed. Pre-Textos, 1999.

Blog recomendado: http://ramongaya.blogspot.com/

sábado, 27 de septiembre de 2008

Natalia Jiménez de Cossío: In Memoriam

Natalia Jiménez de Cossío (año 1967?)

Otra foto del álbum familiar, antes Natalia I y ahora su hija, Natalia II. Lástima que no dispongo de una copia grande: he tenido que escanear una foto diminuta de mi álbum y, claro, la calidad no es la misma. Pero se ve lo guapísima que era. No tuvo hijos, pero nos tenía a todos los sobrinos fascinados... la adorábamos. No he conocido nunca a nadie tan vital, su capacidad de disfrute era enorme, te contagiaba.

Tía Natalia acaba de dejarnos esta mañana. Esté donde esté, seguro que ya habrá montado un party de los suyos. Se ha mantenido joven de espíritu hasta el final. Espero seguir aprendiendo de ella ahora que no está, es mi pequeño homenaje. ¡Un brindis por ti!

viernes, 26 de septiembre de 2008

Álbum de Familia: Natalia I

Natalia Cossío y yo (1967?). Fotografía: José Antonio Coderch

Aquí estoy con mi tía Natalia, la mujer de Alberto Jiménez Fraud e hija de Manuel Bartlomé Cossío. Las dos en casa de mis padres en Barcelona.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Retrato de una amante de las flores

Ana Mª Giménez Ramos. Fotografía: José Antonio Coderch

La afición a las flores me viene de mi madre: ¡cuántas horas nos pasamos cuidando las plantas en su ático!

Retrato de un fotógrafo


La afición a la fotografía me viene de mi padre. En el libro Coderch, fotógrafo aparece el siguiente artículo que escribí a petición de su autor, el arquitecto y amigo Carles Fochs:

RETRATO DE UN FOTÓGRAFO

Me gusta recordar a mi padre en su faceta de fotógrafo. No sólo por lo que supo enseñarme, el amor a la fotografía que me transmitió, sino por lo que él mismo disfrutaba con ese hobby.

No voy a decir que su faceta perfeccionista no apareciera aportando algo de tensión a las sesiones fotográficas (fuera al realizar las fotografías o en el laboratorio pequeño que tenía en casa), pero la imagen que predomina en mi memoria es la de un gran disfrute. Daba gozo verle traer, muy ufano, ocho o diez copias de las últimas fotografías que había hecho y regalárselas a todo el que las quisiera. Parecía un niño con zapatos nuevos.

Era, básicamente, un fotógrafo de interiores, de personas: retratos en primer plano o grupos, ambientes. Ya sé que varias de sus mejores fotos son de espectáculos: los toros, especialmente, y algunas de circo o de hípica. Pero no era del tipo reportero, que se mueve buscando la ocasión, la imagen insólita, original o sorprendente. Le gustaba instalarse, estudiar bien el fondo, la luz, calcular con precisión el ángulo de reflexión del flash indirecto, etcétera. Recuerdo que ponía una tela oscura o beige sobre un cuadro que teníamos en la sala, para poder hacer retratos con fondo liso, sin distracciones.

Cuando hacíamos sesiones en la terraza encalada (muy al estilo andaluz de mi madre), prefería la luz del porche, más tamizada, o, si estaba nublado, el exterior. No le gustaban las muecas que poníamos cuando hacía sol, ni la sombra tan dura que éste proyectaba en los rasgos de la cara.

En ocasiones, era un toma y daca: “ahora me haces tú, ahora te hago yo”. Era divertido. Algunas de mis mejores fotos de él las hice así, aunque el mérito era en gran parte suyo, pues él preparaba las condiciones ideales: elegía el carrete, el lugar, me aconsejaba sobre el diafragma y la velocidad... y luego yo ¡disparaba! Además, él hacía el trabajo posterior de laboratorio, y eso puede mejorar o empeorar la calidad de la fotografía en un tanto por ciento muy considerable.

En su profesión de arquitecto, pocas veces le vi realmente satisfecho y feliz. Siempre había un pudor, una sensación de que “si hubiera hecho esto más alto, o más bajo, si no hubiera hecho aquello, si las ordenanzas me hubieran permitido no sé qué... el edificio habría quedado mejor”. Amaba profundamente la arquitectura, pero con dolor: era como un parto para él. Y, naturalmente, estaba la presión lógica –que la mayoría conocemos– por ganarse la vida y sacar a la familia adelante sin sobresaltos (cuatro hijos y una profesión liberal, no siempre es fácil).

Algo que puede resultar curioso: no era fotógrafo de arquitectura. Evidentemente, hay algunas buenas fotos de edificios, pero no era lo suyo (supongo que prefería cambiar de tema; para eso son los hobbies, ¿no?). Creo que cuando acompañaba a Català-Roca a fotografiar algunos de sus edificios, a veces le sugería puntos de mira, ángulos desde los cuales la casa se veía especialmente interesante o bella.

La precisión y exactitud que le caracterizaban en todo daban a sus explicaciones un detalle excesivo: recuerdo como si fuera hoy cuando me enseñó a cambiar los objetivos de la Nikon. Yo no asimilaba bien la profusión de datos, hasta que decidió dictármelo (todavía conservo el papelito junto con la Nikon): “Quitar objetivo: Poner diafragma a 16 ó 22. Apretar botón cerrojo. Girar atornillando e inclinar ligeramente el objetivo hacia mi izquierda y arriba. Apretar el “piu” con el dedo hasta que se oiga un “clack”. Nunca forzar.” Dejo las instrucciones de cómo poner el objetivo para otra ocasión.

Aprendió de muchas personas. Mantenía largas conversaciones con los vendedores de tiendas de fotografía, por ejemplo con su amigo J. Vives Brunet, de la calle Muntaner, que revelaba sus fotos antes de que él montase su propio laboratorio. Y, por supuesto, quiero mencionar a Luis Gardeta, con quien hizo el trabajo de laboratorio de las fotos de toros y muchas más. El Sr. Gardeta (así lo llamábamos nosotros) no sólo sabía mucho de fotografía, sino que además era un hombre muy culto y muy leído. Yo también tuve el gusto de conversar con él de temas variados y aprender de su técnica depurada.

Otro aspecto que me gustaría destacar sobre mi padre es que, aunque no era un hombre al que le gustase la vida de sociedad (le ponía bastante nervioso), le encantaba ver a sus amigos en ambientes íntimos, y eso sale reflejado en sus fotografías. Digamos que esta afición aumentaba el placer y el recuerdo de las veladas –y le permitía compartirlo después–.

La mejor lección que aprendí de mi padre con las fotos no fue de carácter técnico, sino lúdico: que es hermoso disfrutar haciendo algo que realmente te gusta (“... pero hazlo bien, ¿eh?” me diría él si me oyera, agitando el dedo índice con énfasis).

Elvira Coderch

José Antonio Coderch (Octubre-1971)
Fotografía: Elvira Coderch

Este retrato forma parte de una serie de fotografías realizadas en el patio de nuestra casa. Es un recorte de la original, que aparece entera en el libro mencionado. En el mismo carrete él me hizo unas fotos preciosas.

Nota: En este enlace está la web dedicada a la obra de J.A. Coderch de Sentmenat.