miércoles, 27 de agosto de 2008

Retrato de un fotógrafo


La afición a la fotografía me viene de mi padre. En el libro Coderch, fotógrafo aparece el siguiente artículo que escribí a petición de su autor, el arquitecto y amigo Carles Fochs:

RETRATO DE UN FOTÓGRAFO

Me gusta recordar a mi padre en su faceta de fotógrafo. No sólo por lo que supo enseñarme, el amor a la fotografía que me transmitió, sino por lo que él mismo disfrutaba con ese hobby.

No voy a decir que su faceta perfeccionista no apareciera aportando algo de tensión a las sesiones fotográficas (fuera al realizar las fotografías o en el laboratorio pequeño que tenía en casa), pero la imagen que predomina en mi memoria es la de un gran disfrute. Daba gozo verle traer, muy ufano, ocho o diez copias de las últimas fotografías que había hecho y regalárselas a todo el que las quisiera. Parecía un niño con zapatos nuevos.

Era, básicamente, un fotógrafo de interiores, de personas: retratos en primer plano o grupos, ambientes. Ya sé que varias de sus mejores fotos son de espectáculos: los toros, especialmente, y algunas de circo o de hípica. Pero no era del tipo reportero, que se mueve buscando la ocasión, la imagen insólita, original o sorprendente. Le gustaba instalarse, estudiar bien el fondo, la luz, calcular con precisión el ángulo de reflexión del flash indirecto, etcétera. Recuerdo que ponía una tela oscura o beige sobre un cuadro que teníamos en la sala, para poder hacer retratos con fondo liso, sin distracciones.

Cuando hacíamos sesiones en la terraza encalada (muy al estilo andaluz de mi madre), prefería la luz del porche, más tamizada, o, si estaba nublado, el exterior. No le gustaban las muecas que poníamos cuando hacía sol, ni la sombra tan dura que éste proyectaba en los rasgos de la cara.

En ocasiones, era un toma y daca: “ahora me haces tú, ahora te hago yo”. Era divertido. Algunas de mis mejores fotos de él las hice así, aunque el mérito era en gran parte suyo, pues él preparaba las condiciones ideales: elegía el carrete, el lugar, me aconsejaba sobre el diafragma y la velocidad... y luego yo ¡disparaba! Además, él hacía el trabajo posterior de laboratorio, y eso puede mejorar o empeorar la calidad de la fotografía en un tanto por ciento muy considerable.

En su profesión de arquitecto, pocas veces le vi realmente satisfecho y feliz. Siempre había un pudor, una sensación de que “si hubiera hecho esto más alto, o más bajo, si no hubiera hecho aquello, si las ordenanzas me hubieran permitido no sé qué... el edificio habría quedado mejor”. Amaba profundamente la arquitectura, pero con dolor: era como un parto para él. Y, naturalmente, estaba la presión lógica –que la mayoría conocemos– por ganarse la vida y sacar a la familia adelante sin sobresaltos (cuatro hijos y una profesión liberal, no siempre es fácil).

Algo que puede resultar curioso: no era fotógrafo de arquitectura. Evidentemente, hay algunas buenas fotos de edificios, pero no era lo suyo (supongo que prefería cambiar de tema; para eso son los hobbies, ¿no?). Creo que cuando acompañaba a Català-Roca a fotografiar algunos de sus edificios, a veces le sugería puntos de mira, ángulos desde los cuales la casa se veía especialmente interesante o bella.

La precisión y exactitud que le caracterizaban en todo daban a sus explicaciones un detalle excesivo: recuerdo como si fuera hoy cuando me enseñó a cambiar los objetivos de la Nikon. Yo no asimilaba bien la profusión de datos, hasta que decidió dictármelo (todavía conservo el papelito junto con la Nikon): “Quitar objetivo: Poner diafragma a 16 ó 22. Apretar botón cerrojo. Girar atornillando e inclinar ligeramente el objetivo hacia mi izquierda y arriba. Apretar el “piu” con el dedo hasta que se oiga un “clack”. Nunca forzar.” Dejo las instrucciones de cómo poner el objetivo para otra ocasión.

Aprendió de muchas personas. Mantenía largas conversaciones con los vendedores de tiendas de fotografía, por ejemplo con su amigo J. Vives Brunet, de la calle Muntaner, que revelaba sus fotos antes de que él montase su propio laboratorio. Y, por supuesto, quiero mencionar a Luis Gardeta, con quien hizo el trabajo de laboratorio de las fotos de toros y muchas más. El Sr. Gardeta (así lo llamábamos nosotros) no sólo sabía mucho de fotografía, sino que además era un hombre muy culto y muy leído. Yo también tuve el gusto de conversar con él de temas variados y aprender de su técnica depurada.

Otro aspecto que me gustaría destacar sobre mi padre es que, aunque no era un hombre al que le gustase la vida de sociedad (le ponía bastante nervioso), le encantaba ver a sus amigos en ambientes íntimos, y eso sale reflejado en sus fotografías. Digamos que esta afición aumentaba el placer y el recuerdo de las veladas –y le permitía compartirlo después–.

La mejor lección que aprendí de mi padre con las fotos no fue de carácter técnico, sino lúdico: que es hermoso disfrutar haciendo algo que realmente te gusta (“... pero hazlo bien, ¿eh?” me diría él si me oyera, agitando el dedo índice con énfasis).

Elvira Coderch

José Antonio Coderch (Octubre-1971)
Fotografía: Elvira Coderch

Este retrato forma parte de una serie de fotografías realizadas en el patio de nuestra casa. Es un recorte de la original, que aparece entera en el libro mencionado. En el mismo carrete él me hizo unas fotos preciosas.

Nota: En este enlace está la web dedicada a la obra de J.A. Coderch de Sentmenat.

6 comentarios:

Elefante Blanco dijo...

Pude leer este precioso artículo en el libro al que haces referencia gracias a que mi amigo Juanjo Albors me lo regaló. Disfruté y disfruto mucho con ese libro que muestra un "hobby" auténticamente bien hecho.

Gracias y saludos.

Elvira Coderch dijo...

Hola Elefante: me alegro de que te gustase. Sí, yo creo que era más que un hobby para él: era quizá su otra vocación con la que no debía ganar dinero, sólo disfrutar.

Gracias a ti y bienvenido de nuevo.

Anónimo dijo...

Ma ha gustado la descripción del gusto por la Arquitectura "... con dolor...". El perfeccionismo u supongo que el Purismo exacerbado por hacer las cosas de forma honrada supongo. Cómo vivia tu Padre la ilusión de nuevos proyectos?, y de diseño de nuevos objetos?, era igualmente "doloroso" ?(en los mismos términos con los que se utiliza el adjetivo en este artículo).
Un saludo, Namasté.

Elvira dijo...

Hola Namasté (ya sé que es un saludo hindú, pero te llamaré así):

Supones muy bien, sí, exactamente.

Vivía los nuevos proyectos con mucha ilusión, aunque luego en el proceso pasara lo que ya hemos comentado. Y cuando los que le encargaban el proyecto confiaban mucho en él, disfrutaba más, claro. Recuerdo que contaba que mis padrinos (Sr. y Sra. Ugalde) le dijeron sólo cuatro cosas de lo que querían en su casa, y lo demás lo dejaron a su criterio. Y fue una de las más bellas viviendas que proyectó jamás.

No le recuerdo tanto diseñando objetos, quizás porque la mayoría los diseñó cuando yo era muy niña. Pero imagino que lo haría con un espíritu más lúdico.

Un saludo y bienvenid@!

Anónimo dijo...

Hola de nuevo Elvira.

Interesante.

Me gusta la parte espiritual del trabajo. La entrega, la ilusión, la deseperación y la angustia a veces para conseguir algo pero que parta de un sentimiento siempre noble y sincero.

La confianza es un bien preciado y además se disfruta mucho cuando se tiene y te la tienen. No se si hay que ganársela o simplemente aparece sin más. Tendría que pensarlo, quiza tenga matices.

Hasta pronto, Namasté.

Elvira dijo...

A mí también me gusta la parte espiritual del trabajo, tal como la describes.

Con algunas personas te has de ganar su confianza, pero la mejor es quizás la que nace sola, la que proviene de un reconocimiento intuitivo de la otra persona como alguien que la merece.

Hasta pronto!